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domingo, 9 de diciembre de 2007

Radiomaníacos - A cada oyente su radio


Sin dudas, la radiofonía es uno de los fenómenos del siglo pasado. Y, a pesar de los avances de la tecnología, el receptor de radio mantiene un misterio y una magia que sigue generando entusiastas adictos en todo el mundo. Sin embargo, no son todos iguales. Cada uno tiene sus características distintivas aunque, en el fondo, tal vez todos buscan lo mismo en las voces que fluyen por el parlante.

Por Gustavo Masutti Llach


“Desde hace 30 años me vienen preguntando lo mismo: ‘¿A qué se debe el auge actual de la radio?’. ¡La radio nunca dejó de tener auge!”.
Antonio Carrizo, locutor y conductor argentino.

Con la invención y popularidad de la radio, el mundo se hizo más chico. La percepción de una aldea global, sin fronteras ni horizontes, tiene que ver también con este medio de comunicación que, por su instantaneidad y ubicuidad, funciona tanto en el tórrido desierto del Sahara como en la gélida Antártida; en una ciudad sembrada de rascacielos y hasta en el medio del océano.

El famoso dramaturgo alemán Bertold Brecht (1898-1956) redactó entre 1926 y 1932 una serie de tratados sobre radiofonía, en los inicios de la difusión y expansión del medio. En uno de ellos, de 1926, escribió: “Desde un principio la radiodifusión ha imitado casi todas las instituciones existentes que tienen algo que ver con la difusión de la palabra o del canto. En este bazar acústico se podría aprender a criar gallinas en inglés con los acordes del coro de Peregrinos de fondo, y la lección sería tan barata como el agua corriente”.

Si bien al principio escuchar radio era una actividad reservada sólo para iniciados (sea porque las transmisiones no eran abiertas o por el precio prohibitivo de los receptores) llegó a tener su auge de popularidad y hoy, aunque la televisión tiene más audiencia, la radio sigue ocupando un lugar de privilegio. No obstante, se produjo un cambio fundamental en la actitud del oyente. Antes se la escuchaba comunitariamente, en grupos y hoy la relación entre el radiófilo y su radio se volvió más personal, más íntima.

“Paradójicamente - aclara Daniel Obarrio en 'Imágenes que llegan por el oído'-, la ventaja de la radio reside en lo que no posee: la imagen. Eso permite transportarnos y hasta hechizarnos con imágenes que nosotros mismos creamos al escuchar las noticias, las radionovelas o la música de turno”.

TIPOS DE OYENTE

En los comienzos de la radiofonía, el receptor era un voluminoso aparato que se colocaba en un lugar de la casa y se generaba una reunión familiar a su alrededor cada vez que se lo encendía. Esta forma de interactuar comunitaria recreó las antiguas historias que se contaban alrededor del fogón o las historias de la abuela. O, más atrás aún, las enseñanzas del anciano del clan o la tribu. Años más tarde ese lugar de privilegio pasó a ser ocupado por la televisión y , como se dijo, la radio pasó a otros ámbitos generando toda una nueva gama de oyentes, cada uno con su característica.

La idiosincrasia de cada usuario está determinada por las diferentes formas que tienen los aparatos que usan para recibir las ondas de radio. Así, se los puede distribuir en categorías, cada uno con sus peculiaridades y manías.

Aunque también pueden dividirse en dos grandes grupos de acuerdo a las preferencias sobre lo que escuchan: los amantes de las noticias y los que prefieren la música. Mientras que los primeros están perfectamente enterados de todo lo que pasa al minuto, los segundos son la versión opuesta. Nunca saben nada (a menos que se informen por otros medios).

Otra gran clasificación posible sería la que existe entre móviles y estáticos. Los primeros ponen la radio en el auto o la llevan encima y son “escuchas ocasionales”. Ellos tratan de hacer su viaje más llevadero en tanto que los otros la tienen como su mejor compañía, a veces durante largos períodos del día.

En fin, tratar de citar todas las diferentes clasificaciones posibles sería una tarea interminable. Por eso, a modo de bestiario, aquí va una lista de algunos ejemplos de “radiomaníacos” :

Los ambulantes: Son tal vez el grupo más numeroso. Ellos escuchan la radio fuera de su casa o de la oficina. Por la calle, mientras esperan ser atendidos en el banco, en una plaza o en los transportes públicos como el tren o el bus (por supuesto que en el subway no). Hay una gran variedad de radios portátiles que les permite hacerlo: vienen en el walk-man, en pequeños receptores y hasta existen modelos en relojes. A los ambulantes se los puede reconocer porque tienen la mirada perdida y algunos suelen dejar la boca entreabierta. Otra de sus costumbres es estallar en risotadas, ponerse a canturrear una canción o hacer gestos de indignación (según lo que esté escuchando), en medio del silencio de un espacio público, como por ejemplo, un ascensor. Los “ambulantes” son seres que adoran aislarse de la realidad y cuando los cables salen de sus orejas significa que no se les puede hablar. Salvo en aquellos casos en los que el oyente está en una tribuna de un estadio de fútbol escuchando el partido que está viendo. En esa coyuntura tiene la obligación de informarle a los que lo rodean (sean conocidos o no) sobre los resultados de los otros encuentros, cuáles son los jugadores que son reemplazados y, en casos de jugadas confusas, quién metió el gol. Los ambulantes tienen la capacidad de irritar a aquellos que los atienden desde una ventanilla (para venderles tickets, cigarrillos o hamburguesas) porque no se sacan los auriculares por nada del mundo y no escuchan consultas vitales como “¿Lo prefiere con queso?”, “¿Cuántas quiere?” o “¿Me repite la pregunta?”.

Los motorizados : Escuchan sólo en el automóvil. Para ellos la radio es tan importante como el volante, los pedales o la palanca de cambios. Se los puede ver en acción en los semáforos. Mientras esperan que la luz cambie a verde se inclinan un poco hacia la derecha y, ansiosos, empiezan a cambiar de emisora. En verano, los ejemplares jóvenes y masculinos que escuchan música suelen llevarla a todo volumen. De este modo le dicen al mundo: “...este soy yo y esta es la música que amo. Tendrás que escucharla, te guste o no”. A veces esta actitud va acompañada de un gesto que intenta imitar la inteligencia y la seducción si en una esquina hay una dama a la que quiere llamarle la atención. En cambio, a los que prefieren las noticias se los reconoce porque suelen quedarse dando vueltas con su auto a pesar de que llegaron a destino porque no quieren perderse el final de un comentario, un chiste o los detalles de una información.

Los despertados: Son aquellos que en vez de un clásico despertador de campanilla o de “pipipipí” electrónico usan un radio-reloj. Por lo común sintonizan siempre el mismo programa y lo escuchan a la misma hora. Y como la mayoría pone la alarma para despertarse en un horario terminado en 0, 15, 30 o 45 minutos, por lo general se levantan escuchando la tanda publicitaria. Con el riesgo de que, como la primera música que se escucha en el día (este fenómeno aumenta si se la escucha semidormido) se queda pegada al inconsciente, se corre el riesgo de estar tarareando un jingle durante el resto de la jornada. Para ellos la radio sirve sólo como despertador y no les importa demasiado qué es lo que escuchan en ese momento. Sólo lo hacen porque odian aún más la alarma y porque los relojes despertador casi siempre vienen con un botón de snooze (vuelve a sonar en diez minutos), lo cual les permite dormir un poco más sin demasiados trámites.

Los ciberescuchas:

La intersección de dos fenómenos fomentó el nacimiento de este tipo de oyente. Uno es el avance de Internet y el otro es la creciente migración poblacional. Allá va el inmigrante llevando consigo una carga de nostalgia y escuchar la radio de su país puede aliviarlo o crearle la fantasía de que aún está en su lugar de origen con sus costumbres intactas. Escuchar por la computadora, vía Internet, la radio de cualquier lugar del mundo es uno de los prodigios del nuevo milenio. Y si se tiene un equipo bueno y una conexión eficiente a la Red de Redes puede darse la paradoja de que un habitante de Hong Kong puede a veces escuchar con mayor claridad una radio de Río de Janeiro que un carioca. Porque por Internet no hay otras frecuencias metiéndose por el parlante ni molestas interferencias que se traducen en “ruido a fritura”.

Los nómades hogareños: El estereotipo del radioescucha estático es el oficinista que tiene un trabajo monótono o el operario de una cinta sinfín de una producción en serie. Sin embargo, algunos realizan su tarea en su casa y tienen que circular por diferentes habitaciones. La solución que encontraron es sencilla pero requiere de una gran infraestructura. Tienen prendidos todos los minicomponentes, equipos de audio y radiograbadores de la casa sintonizados en la misma estación. De este modo pueden pasar de un cuarto a otro sin perderse ni una palabra.

Los zappers: Son lo opuesto a los nómades hogareños. Llegadas desde el lejano oriente, pronto las radios de última generación inundaron el mercado. Entre sus atractivos figura el sintonizador digital y las memorias programadas. Esto fomentó la aparición de un nuevo oyente de radio. Porque son radioescuchas que dejaron de lado la pasividad. De la mano de la facilidad para cambiar de estación, los zappers se mudan ante un comentario largo y aburrido, una balada que no les gusta o una tanda publicitaria extensa. Son mucho más rebeldes y exigentes que el oyente tradicional y mucho menos pacientes. Este comportamiento está ligado al que observan frente a la TV. Es raro que un zapper televisivo no tenga la misma actitud cuando escucha radio. Así, persiguen una explicación que les guste, una canción de su agrado o van pasando de una emisora a otra hasta que encuentran lo que buscan. O van siguiendo las diferentes opiniones sobre una misma noticia de una emisora a otra para sacar sus propias conclusiones.

Los adictos: Son aquellos que no pueden vivir sin la radio. Para ellos el acto de escucharla es más importante que los programas o la música que suena por los parlantes. Por lo general se trata de una combinación o suma de todas la variantes anteriores de oyente. Aunque le agregan un marcado fetichismo. Tienen varios aparatos y todos los años se compran el último modelo de radiorreceptor portátil. No sueñan con entrar a un estudio ni con conocer a los locutores aunque suelen tener problemas con sus parejas porque duermen con (lo correcto sería decir “no pueden dormir sin...”) la radio encendida.


El participativo: “La radio podría ser el más formidable instrumento de comunicación que pueda imaginarse para la vida pública, un enorme sistema de canalización. -escribió Brecht en “Teoría de la radio” de 1932-. O, mejor dicho, podría serlo si supiera no sólo emitir sino también recibir, no sólo hacer escuchar al oyente sino también hacerle hablar, no aislarle sino ponerle en relación con los demás”. Todavía se está lejos de ese medio de comunicación utópico que proponía el alemán. Sin embargo, uno de los fenómenos de la radio de los últimos años es la apertura de la transmisión a oyentes que salen al aire por teléfono. Responden a consignas y a veces hablan de cualquier tema. Hay escuchas (por lo general son seres solitarios) que pasan gran cantidad de tiempo “pegados” al teléfono para opinar en todos los programas posibles. Para ellos el placer supremo está en escuchar su propia voz saliendo por el parlante. Tan fuerte es este fenómeno que una radio de argentina usa falsos oyentes para editorializar. Porque cualquier cosa que digan, por aberrante que parezca, está permitida. Y si, en cambio, esa opinión fuera expresada por un periodista sería escandaloso. A tal punto llega este fenómeno que hay quienes trabajan de “enviadores de mensajes a las radios” pagados por gente que tienen interés en dar la imagen de que sus ideas políticas o productos están impuestos en el pueblo. Pero esto ya es otra historia. También existen una gran cantidad de programas que fomentan encuentros entre sus seguidores y algunos de ellos hasta formaron grupos que funcionan casi como un club de fanáticos.

Hay muchas más clasificaciones posibles. Hasta aquellos que son “escuchas pasivos” y deben soportar la radio del vecino o la interferencia de una emisora en el teléfono. Sin embargo, más allá de en cuál de las categorías se anote usted, seguro que se siente identificado con una que dejé para el final: la de los nostálgicos. Porque por más que se viva escuchando nuevos envíos, la radio siempre es la de cuando éramos chicos. Aquella que escuchaba mamá mientras hacíamos las tareas escolares. Tal vez sea eso lo que buscan los radiomaníacos: Retroceder a un tiempo en que la vida era un bloc de hojas en blanco. Pero la existencia es efímera. Los momentos pasan y no pueden ser repetidos, sólo quedan vivos en la memoria. Igual que los programas de radio.

Gustavo Masutti Llach
Tiempos del Mundo - Septiembre de 2001
Fotos: GML (Museo Rocsen-Nov. 2007).